La mañana del desentierro, los periodistas de Sí habían tomado casi por asalto la quebrada Chavilca. Horas más tarde y en presencia de otros medios, se descubrirían los primeros restos de los secuestrados de La Cantuta. Ese hecho era el primer gran golpe que darían en los descubrimientos de este caso.
Guillermo Catacora era un artesano de Comas que había pasado algunos años en prisión. Ahí conoció al reciclador Justo Arizapana, con quien luego dibujarían el mapa que fue entregado a la revista Sí. Él permaneció en el anominato durante muchos años, incluso viajó al extranjero por el miedo a la venganza del grupo Colina y del gobierno de Alberto Fujimori.
En esos años, los periodistas de Sí no sabían quién había sido el autor original del mapa hasta que su historia fue contada en el libro “Muerte en el Pentagonito” de Ricardo Uceda.
El edificio del Congreso fue escenario de dos momentos claves de esta historia, uno público y uno secreto. El 2 de abril de 1993 en la sesión plenaria, el congresista Henry Pease leyó un comunicado anónimo, enviado por un grupo de militares disidentes, llamados León Dormido. El este documento detallaba los crímenes cometidos por un comando paramilitar, entre los que se contaba el de Cantuta. Los familiares estaban esa tarde en los palcos, atendiendo a la sesión en la que se votaría la formacion de una comisión investigadora.
Meses después, una cita entre periodista y fuente abriría el camino a la ubicación de las fosas.
Este fue el lugar donde comenzó la historia, la Universidad Enrique Guzmán y Valle, más conocida como La Cantuta. Hemos ido a conocer el lugar, y reconstruir el episodio del secuestro: los vigías de la base militar que ocupaba la universidad se replegaron y el Destacamento Colina entró por grupos. Sacaron al profesor de su propia casa, a tres mujeres del pabellón donde dormían (una fue liberada minutos después), y a siete hombres del improvisado dormitorio que les habían asignado.
El pabellón de varones había sido demolido meses antes, como parte de la intervención del gobierno, con argumentos de defensa civil. El resultado: la población de internos varones se redujo al 10% para facilitar el control de la universidad. Este pabellón nunca se reconstruyó.
“La boca del diablo” era un estrecho paso de unos 10 metros de altura, cortado verticalmente en medio de la roca. Una zona desierta en las afueras de Lima, por la autopista Ramiro Prialé, camino a Chosica, donde la policía solía hacer prácticas de tiro. Allí fueron eliminados un profesor y nueve estudiantes secuestrados de los dormitorios de la Universidad Enrique Guzmán y Valle, La Cantuta.
Desde afuera, lo único que podría llamar la atención es la curiosa presencia de un soldado-maniquí.
Hoy el lugar está bajo la administración de Sedapal, y nos han permitido el acceso.
Edmundo Cruz, un experimentado periodista que ha mantenido durante décadas un estilo de investigador de bajo perfil decide llevar a cabo un proyecto que tuvo en mente por mucho tiempo: publicar un libro sobre uno de los casos de investigación que más lo marcaron, el caso La Cantuta.
Él fue miembro del equipo que investigó y publicó la historia entre julio y diciembre de 1993 en la revista Sí, trabajo que resultó fundamental para que se encuentren las pruebas contundentes sobre el crimen que ha condenado al ex presidente Alberto Fujimori a 25 años de cárcel.
Una cámara será su acompañante en la búsqueda de cada personaje involucrado en el develamiento del caso. Un blog irá reconstruyendo, post por post, la historia de la investigacón periodística, y llevando la bitácora del libro y el documental que resultarán de este proyecto.